De Breves Crónicas Habaneras…

Seven Readers!!!…

Vamos a caminar
se está poniendo el sol
y La Habana se muda
a malecón.

Vamos solos tú y yo,
atravesando G
la luna nos espera
en 23…

Ireno García

Hace ya varios años alguien me regaló un cassette en el que venía la música de Pablo Milanés y Silvio Rodríguez. Y aunque Cuba siempre estuvo presente musicalmente en casa (Siboney, quizá fue una de las primeras canciones que le escuché cantar a mi Madre) la música de los dos representantes de la “Nueva Trova Cubana” fue la que me hizo voltear hacía un país tan cercano en términos territoriales pero desconocido para mi entonces yo adolescente. No puedo decir que mi relación de enamoramiento lejano fue igual que la sostuve desde muy temprana edad con España, pero Cuba despertó mi atención no solamente por su música sino por toda la información que llegaba de ella. Por eso trataba de entender por que Milanés cantaba que nunca pisaría tierra firme pues estaba prendido de esa Isla musical y que expedía cierta magia desde una cercana lejanía.

Desde entonces tuve el deseo de ir alguna vez a La Habana. Y siempre quise hacerlo mientras Fidel Castro estuviera en el poder. Su figura me parecía enigmática, atrayente e interesante. Con todo lo que pudiera criticarse del Comandante, su resistencia y la dignidad con la que la enarbolaba, eran algo que yo creía que tendría que vivirse desde dentro, desde las entrañas mismas de esa isla a la que revolucionó en 1959. Pero nunca pude hacerlo. Fidel se fue y yo llego a La Habana un par de años después de su partida. Pero su figura sigue presente en cada esquina de esta ciudad, en los grandes espectaculares que uno ve desde que se va adentrando en la urbe habanera. Es como si su fantasma siguiera embriagando con el humo de su puro a toda la urbe, a todos los que en ella habitan y a quienes le visitamos.

Dicen, los que aquí ya han estado, que quien viene a La Habana nunca deja de querer volver a ella. Creo que quiero volver aún sin haberme ido.


Llegué a La Habana en un domingo. Junto al hostal en el que me quedo se desarrolla una fiesta. La Charanga y el Son se cantan y se bailan a todo pulmón. Los cubanos parecen festejar como si de ello dependiera su vida. El lugar se llama Casa Balear y la primera vez que le vi no imaginé que se iba a convertir en uno de los mejores refugios habaneros. La sangría que ahí se sirve parece tener todas las respuestas a cualquier pregunta que uno tenga sobre Cuba y sobre la vida misma.

En La Habana se puede todavía fumar y beber en la calle y quizá por esas razones las dominicales arterias de esta ciudad parecen contagiarse de un ambiente festivo.  Es domingo y el bellísimo malecón de la ciudad se encuentra lleno de gente. Turistas y locales que se dejan seducir por la brisa del atlántico que ayuda a que el calor disminuya un poco. Se venden helados, raspados y cerveza, mucha cerveza que es un paliativo indispensable ante el intenso bochorno que impregna el ambiente.

 


Hay días en los que La Habana tiene un olor muy particular: a gasolina. Tal vez sea por el humo de una refinería que se encuentra en el extremo de la bahía del puerto, o porque la mayoría de los viejos automotores que circulan por sus calles despiden una buena cantidad de humo por sus tubos de escape. Hay otros días en los que la humedad y sus olores dominan el ambiente, otros en los que esos aromas son el preámbulo de una copiosa lluvia en la que el cielo parece tener prisa por derramar toda su agua acumulada para luego permitir que el sol aparezca de nuevo de manera intempestiva. A eso hay que añadirle que en esta época del año (junio) el calor tropical penetra por cada uno de los poros haciendo que la ropa se pegue al cuerpo como si estuviera llena de cinta adherente. Nadie, ni siquiera los que vivimos en tierras de un eterno verano, puede soportar la sensación de caminar bajo el astro rey cubano en días en los que parece levantarse con la intención de calentar a todo el Caribe.


George Gershwin escribió la Rapsodia en Azul en 1924. Es una de las obras fundamentales de la música clásica norteamericana. Lo es porque toma elementos netamente estadounidenses en su composición pues en la pieza se pueden identificar a los espirituales negros, al jazz y al blues. La versión para orquesta sinfónica y piano fue arreglada por otro hombre importantísimo para la música de la Unión Americana: Ferde Grofé. La pieza es fantástica y uno al escucharla no puede evitar ser transportado a ese Nueva York de ensueño de los años veinte, los años previos a la Gran Depresión, cuando la ciudad hervía en arte, talento y gente como Gershwin quien llevaba el jazz a las salas de concierto más importantes de aquella urbe que despuntaba en su versión más cosmopolita.

Pienso en lo anterior mientras salgo a tomar un poco de aire después de haber escuchado la primera parte del concierto de clausura del V Encuentro de Jóvenes Pianistas que se realiza en el Teatro José Martí de La Habana. Acabo de escuchar una impresionante versión del Concierto No.1 en Re Bémol del Ruso Sergei Prokofiev en las manos de un joven llamado Aldo López-Gavilán quien, acompañado por la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba bajo la batuta de Daina García, ha hecho un alarde de técnica en la interpretación de la compleja composición del ruso. Pero la Rapsodia es una pieza que, pienso, requiere no solamente de un gran dominio de la técnica clásica, sino también de la jazzística y, sobre todo, de que quien la ejecuta sea capaz de transmitir con el piano todas las emociones que Gershwin plasmó en su obra. Al término de la presentación todas mis dudas han sido despejadas. Mientras aplaudo hasta que las manos terminan doliéndome, mi cabeza no deja de pensar en que lo que hubiera sentido George Gershwin al escuchar la interpretación que se ha hecho esa noche de su obra en uno de recintos teatrales más importantes de La Habana. Si tal vez también hubiera sido de la opinión que López-Gavilán no solamente ha reflejado lo que él dibujó en su partitura, sino que le ha añadido una serie de sensaciones propias del Caribe, que ha logrado que esas calles de Nueva York que uno imagina desde que el clarinete da inicio con la obra, se hayan fundido con las de La Habana gracias a la magia que López-Gavilán posee en cada uno de los diez dedos de sus manos, El joven talento cubano ha hecho de la Rapsodia en Azul un emotivo viaje cargado de felicidad y aventura.


Todo en Cuba es una aventura. Todo. Desde el buscar un sitio público para conectarse a internet y enviar un mensaje a casa, hasta experimentar todos los sabores y modalidades que tiene el arroz para cocinarse. Es una aventura caminar por las calles de La Habana Vieja. El perderse entre sus edificios en los que conviven puerta a puerta un restaurante de lujo y la ropa tendida en los balcones de las altas y viejas casonas para que el buen sol se encargue de dejarla seca. Es una aventura el viajar por autobús dos horas hasta Viñales y maravillarse con los mogotes que forman uno de los paisajes más espectaculares del mundo. Es una aventura subirse a al mirador del mural de la prehistoria y abandonar a las rodillas en los 120 metros de escalada. Es una aventura llegar a la cima y descubrir que has sido engañado y que no existe una escalera para descender y que tendrás que hacerlo por el empinado y pedregoso camino por el que subiste. Es una aventura llegar hasta Varadero para zambullirse en el agua más transparente y colorida que uno pueda imaginar. Es una aventura buscar un lugar donde comer en Varadero, terminar montado en un carruaje de caballos que te lleva hasta un restaurante en el que la comida se ha terminado. Es una aventura caminar por 23 y comer en una pizzería de ventana una pizza cuyo sabor y precio jamás habías imaginado antes. Es una aventura entrar a un cine y escuchar a toda la gente hablando sobre la película con el mayor desparpajo posible mientras la función transcurre. Es una aventura mirar “Últimos Días en La Habana” de Fernando Pérez y reafirmar que el cine cubano sigue contando historias importantes, humanas, dolorosas, historias de un país con muchas heridas que siguen abiertas y que busca desesperadamente su cicatrización. Sí, todo en Cuba es una aventura para aquel que esté dispuesto a dejarse llevar por sus vaivenes y por una ciudad como La Habana en la que el tiempo se ha detenido como si esperara a los vientos del cambio que poco a poco comienzan a soplar en la hermosa isla.


He visto muchos atardeceres en la playa pues desde niño he pasado gran parte de mis días de vacaciones junto al mar, pero mis ojos nunca imaginaron que verían uno como el que presencié en una tarde de junio de 2017 en la fortaleza del Faro del Morro. El sol parece vestirse con sus mejores rayos para asistir a su cita diaria con el horizonte cubano. Luce gigantesco e imponente ante un mar cuyo azul va adquiriendo nuevos tintes mientras se devora a su invitado de honor hasta un punto en el que ese azul marítimo se pinta de tonalidades oscuras y  estremecedoras generando contrastes que provocan una vista cargada de arrebatadoras sensaciones. Atrás, la ciudad entera observa ese espectáculo y se funde con él en una imponente mezcla de colorido y emoción. En ese momento la gigantesca e imponente bahía de La Habana se devela con elegancia a si misma para adquirir un papel protagónico en la obra que la naturaleza ha ido pintando con el transcurrir del día, mostrando una faceta que quizá solamente es perceptible en ese sitio, en esa hora de la tarde. Se trata de una faceta llena de colores que contrastan los unos a los otros: grises, naranjas, azules, amarillos, rojos intensos, que dibujan a una ciudad en donde no existen los puntos medios y en la que se percibe una diversidad única que le brinda de una personalidad estremecedora y envolvente, la de una ciudad en la que el tiempo parece haberse detenido, como si Latinoamérica entera decidiera tomarse un respiro en esa ciudad maravilla.


Nuestra vida está llena de personas que pasan por ella. Algunas se las ingenian para hacerse de una pequeña habitación en el edificio de nuestra memoria y quedarse ahí para siempre. ¿Cómo llegan hasta ahí?, son muchas circunstancias pero quizá una de ellas es que tenemos que compartir con ellas un momento determinado generado por esas coincidencias únicas que pasan por simple accidente. En La Habana he conocido a gente maravillosa. Cubanos que orgullosos nos muestran su ciudad, su país, que hablan sobre los grandes problemas que su nación afronta mientras no pueden dejar de reflejar el gran amor que sienten por esta Isla. Latinoamericanos provenientes de Centro y Sudamérica junto a los que he caminado por las calles de La Habana observando con singular asombro la vida que pasa por una ciudad tan diferente a cada una de las nuestras, aprendiendo de ella, de su gente y entendiendo un poco mejor a nuestros países a partir de un infinito intercambio de experiencias, cervezas y muchas risas. Llegamos a La Habana siendo extraños y tengo la impresión que nos vamos de ella hermanados por esos lazos irrompibles que suelen atar y acercar a la amistad verdadera aún cuando la distancia y el tiempo medien irreparablemente entre los amigos. Pero también pienso que esos lazos son más profundos porque fueron forjados lejos de tierra firme, en una Isla que iza sus velas en el Atlántico para navegar por el planeta con la sonrisa reflejada en los horizontes que la rodean.


Habáname es una de las mejores canciones de Carlos Varela. En ella el cantautor cubano habla sobre una ciudad que ha perdido mucho con el paso del tiempo. La canción está llena de añoranza, es el canto de un hombre que contempla a una urbe cuyas ilusiones se derrumban pero que en el medio de ese derrumbe guarda un tesoro que está en la espera de ser descubierto. Varela canta con agonía a la capital cubana, pero que finalmente su canto está impregnado del dolor que muchas veces es inherente al amor más profundo y sincero. Creo que ahora, después de haber estado de La Habana entiendo mejor lo que el músico expresó en esos emotivos tres minutos. Porque uno no puede salir inmune de La Habana, porque a veces la ciudad duele pero también genera una admiración profunda y sincera, y es capaz de despertar una alegría que difícilmente pueda encontrarse en alguna otra parte del mundo.

Algún día he de volver…

Así las cosas durante aquellos días…

Salud Pues……

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De los 100 años del Colegio Americano de Mérida, Yucatán…

Seven Readers!!!…

De niño siempre tuve una certeza: mi única escuela desde mi primer día de kínder hasta el último de la preparatoria iba a ser el Colegio Americano de Mérida Yucatán. Tal certidumbre tenía dos sustentos: casi todos los miembros de mi familia paterna habían estudiado en la escuela y el cariño que por ella comencé a sentir desde que entré a mi primer año en el jardín de niños.

Para mi, nunca hubo otra escuela que el Colegio Americano. En sus aulas aprendí a leer y a escribir, ahí tuve mis primeros contactos con la historia y la geografía, y ahí supe que jamás iba a ser bueno para la química o las matemáticas. En sus pasillos hice a mis primeros amigos, muchos se fueron, algunos aún permanecen conmigo. Mi vida siempre estará marcada por la escuela y por todos los años que pasé en ella.

Por eso me da mucha tristeza lo que ha pasado con la que debería ser la celebración más importante en la historia del Colegio Americano: su centenario. Llegar a tal efeméride no ha sido fácil. La historia de la escuela está marcada por hechos que la pusieron entre las mejores del estado, pero también por otros que casi le cuestan su desaparición. La crisis en la que se sumió a principios de este siglo fueron un golpe tremendo a su prestigio y las estrategias para levantarla si bien han funcionado en cierta medida no han sido suficientes para poner al Colegio en los lugares en los que debería estar en un mercado escolar yucateco cuya oferta ha crecido considerablemente.

Por lo tanto, el centenario se presentaba como el escenario ideal para no solamente reconocer los grandes aportes que el Americano tuvo para la educación yucateca en el siglo pasado, sino también para relanzar a la escuela y buscar posicionarla nuevamente en un lugar preponderante entre las escuelas tanto públicas como particulares de Mérida y Yucatán. Pero no fue así. Las razones no me son aún del todo claras pero, después de investigar un poco sobre el centenario, creo que tienen que ver con una visión miope y limitada por parte de la actual dirección del Colegio y por esa perdida de la vocación laica que siempre tuvo el colegio a pesar de haber sido fundado por misioneros presbiterianos.

La actual dirección del Colegio nunca entendió la oportunidad histórica que tenía ante sí. Nunca realizó una extensa convocatoria a ser partícipe de los festejos a ex alumnos que sienten un enorme cariño y respeto por la institución. ¿Por qué no conformó desde hace un par de años un amplio comité de celebración en el que involucrara a quienes pasaron por sus aulas, para generar un programa diverso que tuviera una réplica importante en los medios de comunicación y redes sociales?, ¿por qué no generaron alianzas para realizar publicaciones amplias sobre el colegio y lo que han hecho sus egresados y se limitó a un lamentable librito cuya edición es penosa?, ¿por qué no ha involucrado al Congreso del Estado para que que realice una sesión solemne en homenaje a la escuela?, ¿por qué no organizaron una serie de actividades culturales, artísticas y deportivas en las que estén involucrados todos los que pasaron por las aulas junto a los actuales estudiantes?, ¿por qué no hacer una celebración realmente digna de la escuela y limitarse a una serie de actividades tan planas, tan elementales, tan comunes y difundidas (es un decir) por un panfleto triste y sin ningún tipo de diseño alusivo al Colegio?, ¿por qué no buscar en los archivos de la escuela los nombres de los ex alumnos y extender invitaciones personalizadas haciéndolos parte del festejo?, ¿por qué no hacer del 2017 el año del Colegio Americano y limitarse a una semana que ha pasado prácticamente ignorada por la gente en Yucatán?.

He podido recabar información sobre las actividades que se realizaron la semana pasada. Es muy triste el escuchar que muchos de los maestros que dejaron huella en tantas generaciones de alumnos fueron excluidos de los “festejos”. Aparentemente solo fueron invitados y reconocidos aquellos que son también miembros de la Iglesia Presbiteriana. Eso solo puede explicarse también a partir de la pérdida de los valores laicos de la escuela. Como ya he dicho si bien siempre estuvo ligada a tal denominación evangélica, por lo menos en el tiempo en el que yo estuve en el colegio jamás se escuchó un solo verso bíblico en alguna de sus aulas. Ese laicismo engrandecía aún más a la escuela y a sus fundadores. Es muy triste pensar que ha habido un retroceso y que hoy esos valores se hayan perdido, sobre todo cuando hoy se requiere de una educación moderna en la que lo laico sea el carácter principal en el que se funde el respeto a la diversidad cultural como uno de los valores más altos de la sociedad moderna.

Es una pena lo que ha sucedido con el aniversario de mi querido Colegio Americano. Es una pena que tal efeméride haya coincidido con la actual dirección y su estrechez profesional e intelectual, es una pena que la escuela no haya tenido la celebración que se merecía y todo se haya resumido a un desayuno, una cena y una serie de charlas que si fueron interesantes pocos pudieron disfrutarlas.

Una pena, una gran pena…

Así las cosas hoy lunes…

Salud Pues……

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De Mi Caída Cósmica…

Seven Readers!!!..

Existe un pensamiento que me agobia pues mi cerebro es completamente incapaz de comprenderlo. Va así:

Nací en un día como hoy del año de 1972. Antes de ese preciso instante el mundo tuvo una historia, el hombre la tuvo y el universo también. Antes de que por casualidad yo llegara a sumarme a los habitantes del planeta estuve muerto por millones de millones años. No sé cuanto tiempo me quede exactamente, pero cuando me llegue la hora de colgar los tenis, estaré nuevamente muerto por una cantidad inimaginable de millones de años.

Eso me parece maravilloso pero a la vez siento una enorme presión en la cabeza cuando me pongo a pensar en la pequeña fracción de tiempo que uno tiene en la el cosmos . Nuestros años son absolutamente nada en el calendario cósmico, somos algo más que efímeros, somos tan pasajeros como el segundo que acaba de terminarse, somos un leve destello entre dos oscuridades uno que tuvo un principio y otra que quizá sea infinita. El adquirir conciencia de lo anterior te hace sentir verdaderamente humilde. No creo que exista un mayor acto de humildad que aceptar que en el concierto cósmico realmente uno es absolutamente nadie.

Lo paradójico es somos parte de una especie que ha evolucionado y se ha empeñado en hacernos sentir importantes, únicos y privilegiados, cuando en realidad somos completamente algo opuesto. Cada vez existe más evidencia de que somos parte de un universo que es completamente indiferente a nuestra existencia tanto individual como colectiva y ello no es ni bueno ni malo, simplemente así es aunque aceptarlo sea una empresa casi imposible.


Me encanta ver fotografías viejas porque siempre me ponen a pensar, particularmente fotografías que fueron tomadas mucho antes de que yo naciera. Fotografías como esta:

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Es una imagen tomada en México en los años treinta por un fotógrafo norteamericano de nombre Paul Strand. No estoy seguro de donde fue tomada y quizá ello es mejor. Cuando me topo con una imagen de este tipo siempre me detengo a mirar los rostros de aquellos que aparecen en la imagen. Lo más probable es que la mayoría de ellos ya estén muertos y no deja de asombrarme que también tuvieron sus segundos de eternidad en el planeta. Me pongo entonces a mirar los rostros de esas personas desconocidas que fueron capturados en un momento específico de su existencia, en una décima de segundo de su andar por el universo. Los miro y no dejo pensar en que también quizá ellos se sintieron especiales solamente por el hecho de estar vivos, que tuvieron metas, sueños, ambiciones, amores, tristezas y alegrías. Los miro tratando de escudriñar en sus miradas, en sus posturas para tratar de encontrar alguna pista de lo que fueron, de lo que soñaron con ser o de las frustraciones causadas por su propia condición y por aquella que les fue determinada por la sociedad en la que vivieron.

Y me queda entonces aún más claro que a pesar de que nos separe el tiempo, la distancia, las creencias, en realidad los seres humanos no dejamos de buscar la trascendencia de una forma u otra, de dejar eso que llaman “huella” en el mundo, en el universo. Las personas de la foto seguramente lo intentaron siendo mejores en sus trabajos, tratando de superarse al máximo, teniendo una familia, viajando o encontrando eso que llaman amor.


Volvamos entonces al principio, a ese pensamiento que me agobia e inquieta, a esa idea que nuestra vida dentro del calendario cósmico tiene el tiempo equivalente a lo que tarda una gota de lluvia en caer de las nubes hasta el suelo. Tengo entonces una solución para dejar de sentirme abrumado por ese pensamiento: lo importante entonces resulta en lo que se hace durante esa caída. La vida, toda la vida, se encuentra precisamente ahí en esos minúsculos instantes entre el principio y el final. Porque podemos mirar a un pasado perfectamente documentado por la naturaleza y por todas las ramas de la ciencia y solamente podemos imaginar lo que sucederá en el futuro una vez que al golpear al suelo nuestra conciencia se termine y nos evaporemos para que nuestros átomos formen de nuevo parte de ese indiferente universo.

Hoy me doy cuenta que, salvo que algo extraordinario o fuera de lo normal me suceda, estoy llegando a la mitad de mi propia caída cósmica. A las 2:24 de la mañana del día de mi cumpleaños varias cosas suceden. En mis audífonos suenan Simon & Garfunkel cantando sobre viejos amigos, sobre envejecer y sobre la importancia de preservar las memorias porque al final eso es lo único que nos queda. Mi perro le ladra al gato que acaba de pasar por la ventana, lo hace como si su vida dependiera de que el felino nos deje en paz. La casa está sumida en la oscuridad y en la habitación contigua duerme mi gran compañera de las aventuras de la vida misma. Tengo las rodillas desechas de dolorosa felicidad por haber jugado un día más al basquetbol y un bostezo emerge desde el sueño que me llama a la cama como sugiriéndome que es mejor descansar para rendir mejor en un trabajo que disfruto mucho. En otras palabras, en este momento me suceden cosas sencillas, cosas felices.

Entonces lo comprendo. Antes de nacer he estado muerto por millones de años, cuando muera volveré a ese mismo estado por otros miles de millones más. Me dirijo de manera inevitable a ese destino al que todos llegaremos. Me gusta entonces pensar que probablemente en el próximo siglo alguien hurgue en los archivos virtuales que hoy dejamos como huella y se encuentre con la foto de un desconocido, tomada en un momento muy particular de su existencia, en un lugar que para él o ella tal vez sea desconocido. Quizá se pregunte cómo era el tipo de la imagen, quién era, cuáles eran sus sueños, sus miedos y sus metas, quizá se sienta identificado con él por ser parte de una misma especie y porque también entendió que ningún ser humano en toda la historia es especial para el universo y en ello recayó parte de su felicidad; la otra parte, la mayor, quizá le permanezca oculta, escondida tras ese rostro porque ella la conforman los detalles individuales y propios que todos tenemos. Pero es posible que los infiera y si lo hace correctamente encontrará a un ser humano para quien lo mejor de su caída cósmica estuvo conformado por las cosas más sencillas  que se encontró en su muy efímero camino.

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Así las cosas hoy viernes…

Salud pues……

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De “Destrozares. Canciones Para el Final de los Tiempos” (o el disco más triste del año)….

Seven Readers!!!…

Robe Iniesta editó el año pasado “Lo Que Aletea Sobre Nuestras Cabezas“, un álbum  que emocionaba hasta las lágrimas por la sensibilidad, la honestidad y una coloquial poética de la que era imposible sustraerse. No puede escucharse el disco y salir inmune del mismo. Es un compilado de 8 canciones que termina afectándote en más una forma.

En el crepúsculo del 2016 Robe, líder de la legendaria banda Extremoduro,  ha editado su segundo trabajo en solitario el cual va en oposición a Lo Que Aletea. Si aquel era un disco que desbordaba ternura, “Destrozares. Canciones Para el Final de los Tiempos” es un un trabajo mucho más oscuro, que habla sobre pérdida, desolación y el fin de la fe. Robe no parece encontrar esperanza en la humanidad, pero sí en el amor al que emplaza como la última bandera que puede darle orden al caos.

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Aquí si puede conocerse lo que tendrá el disco al mirar su portada. Esa desoladora imagen en la que se mira a un mundo en llamas mientras sobre los restos de un edificio una pareja de amantes se abraza y observa en lontananza una explosión que acaba con una ciudad. La pareja parece fundirse en un abrazo de consuelo como si no les importara el paisaje que contemplan, ese paisaje en el que el mundo se cae a pedazos.

De eso va el disco. Del mundo post Trump, del mundo en el que los odios parecen estar sembrando semillas que al ser cosechadas darán paso a odios que se encuentran cociéndose en una olla de presión que está a punto de explotar. Es un planeta en el que razón parece haber abandonado a la humanidad y así lo canta Robe: “Puede ser que la razón me abandonó y ya no la espero“. Es “Hoy Renuncio al Mundo“, la canción con la que abre el disco. Una melancólica introducción de guitarra que da paso a un violín que parece lamentarse al ser tocado, la melodía es agridulce, hermosa, con las cuerdas empeñadas en ser un contrapunto de la letra. La canción es un perfecto prólogo para Destrozares y refleja el hartazgo que Robe parece sentir sobre la especie humana.

Hartazgo que invoca a la tristeza como un arma fundamental para enfrentar al fin de estos tiempos. Esa tristeza que destroza el alma en “La Canción Más Triste del Mundo“, tema en el que Robe estalla en una dulce y melancólica rabia: “He llorado tanto que he apagado hasta el infierno“. La canción es un desgarrador lamento, una oda a la pérdida que no tiene remedio.

Aparentemente Robe está harto de la especie humana. Y quizá luego de lo que hemos visto en el año es posible que muchos compartan tal sentimiento. Con ironía se burla de la situación del mundo en una canción cuya instrumentación difiere de la melancolía con la que se aborda a la letra. Aquí Iniesta se decanta por una alegre melodía que funciona perfectamente para ahondar en el contenido irónico de “Puta Humanidad“. “Bienvenido al Temporal” canta Robe para luego ironizar sobre la buena idea el borrar al hombre de la faz de la tierra con una guerra nuclear. Claro, lo hace mientras ve las noticias tumbado en el sofá. Se burla así de los activistas de sillón y al final se recrea en el deseo del ser amado como si de esta manera esa desesperanza mostrada al principio de la canción encontrara su cura a través de la evocación sexual.

Iniesta parece encontrar de nuevo esperanza teniendo al tiempo como aliado. “Del Tiempo Perdido” quizá sea la canción más emparentada con su trabajo anterior. El tiempo parece ser un aliado para el olvido pero también para la recuperación, para levantarse de las caídas, para contemplar al mundo con nuevos ojos: “Si olvidara decir que depende de mí que un rojo atardecer, que aún está sin mirar, se mirara y, feliz, se pudiera marchar…“…

El disco entero va a transcurrir en la búsqueda por recobrar la fe de un ser humano que perdido prácticamente todo, incluso la dignidad y el honor. Alguien que trata de recuperar a su propia humanidad mientras mira a los absolutos hacerse del control. Es el poeta que con poesía trata de enfrentarse a un mundo cada vez más áspero.

La esperanza se transforma en Destrozares. Canciones Final de Los Tiempos, en algo radical. Para Iniesta el amor y el deseo son los únicos caminos hacía la redención. Los únicos surcos por los que puede fluir el hálito de vida con el que la humanidad pueda comenzar de nuevo. Es un disco triste, muy triste, pero que al final parece abrir una puerta por la que pasan aquellos dispuestos a levantar las nuevas banderas. Robe invita a la disidencia, a pensar diferente, permanecer fuera del establishment: “Vivo siempre fuera de todas las reglas, mi única bandera son sus bragas negras y veo todo pasar desde fuera”, la intimidad no solo es un escape sino es allá en donde reside la germinación del cambio.

Destrozares. Canciones Para el Final de Los Tiempos no es un disco fácil. Por el contrario – como en todos los trabajos de Robe Iniesta – estamos ante un álbum que requiere la complicidad del escucha y la disposición para dejarse envolver por las letras y las melodías de un músico, de un poeta urbano, que con los años no ha perdido la rabia sino que ahora tiene la sabiduría para recetarla ahora a través de tristes y dulces cápsulas musicales.

Una Obra Maestra…

Así las cosas hoy jueves…

Salud Pues……

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De Uber (o el conflicto como estrategia)…

Seven Readers!!!..

La plataforma de transporte de pasajeros que enlaza a choferes con usuarios llamada Uber está por dar un paso más en su expansión en la Península de Yucatán. Hace unos meses inició sus operaciones en la ciudad de Mérida y en unas semanas más llegará a la ciudad de Campeche. En Mérida el arribo de Uber encontró el apoyo de un buen sector de las clases media y media alta que tienen acceso a la tecnología, mientras que la resistencia vino – como ha pasado en casi todo el mundo – de organizaciones de taxistas cuyos miembros pertenecen a sindicatos muy cercanos a los poderes políticos y que tienen que desembolsar fuertes sumas de dinero para poder acceder a una concesión que les permita brindar el servicio de transporte de pasajeros. En Campeche el asunto va por el mismo camino.

Pero, como ya dije antes, esto no es privativo de Mérida o Campeche. La llegada de Uber a una ciudad implica inevitablemente una confrontación con autoridades del transporte y con los taxistas siendo la querella más recurrente la que acusa a la plataforma de una competencia desleal. En España, por ejemplo, Uber generó un duro encuentro con los taxistas de Madrid que llevaría a los prestadores del servicio de transporte a iniciar una huelga en contra de la aplicación y a la salida definitiva de Uber de España. En Buenos Aires los taxistas emprendieron actividades similares para bloquear la llegada de Uber. Lo mismo ha sucedido en Chile, Colombia y por supuesto en la Ciudad de México o Guadalajara.

Lo que resulta interesante es que la generación de un conflicto resulta en una de las principales estrategias de Uber para establecerse en una localidad. Uber utiliza a la confrontación en dos sentidos: para generar simpatías entre los usuarios del transporte y el público en general y como medida de presión para que las autoridades legislen a su favor sin tener que pasar por los pesados y costosos trámites por los que tiene que atraviesa quien pretenda obtener para obtener una concesión de transporte público.

En primera instancia Uber conoce perfectamente la situación existente de usuarios y taxistas en cada una de las localidades a las que llegará. Sabe del descuido en las unidades de taxi, está enterado de abusos en cobros y del contubernio que existe entre el poder político y la mayoría de los sindicatos y uniones de choferes de taxis. Entiende a la perfección el enojo de quienes todos los días deben abordar un vehículo de alquiler para trasladarse de un sitio a otro y lidian con actitudes prepotentes de los conductores. Uber se posiciona como alternativa entre las dos partes. Vende un servicio de mayor calidad, con autos más nuevos y con conductores que, supuestamente, son amables, preparados, capaces y que brindan en su manejo una seguridad que el taxi simplemente no puede – o no quiere – proveer. Uber vende estatus, vende la idea que la tecnología funciona como un resolutivo a los problemas más básicos de la cotidianidad como lo es de el de una movilidad segura, confortable y – supuestamente – económica. Genera entonces un conflicto entre usuarios que piden se les respete el derecho a decidir como moverse y la autoridad política que, por muchas y muy válidas razones, es vista con desconfianza por el gran público. Todo termina convirtiéndose en duelo entre “buenos y modernos” (público y Uber ) vs “Malos y anticuados” (taxistas y gobierno).

El conflicto resulta entonces en una brillante y barata estrategia política y de manipulación: Uber deja que sean otros los que levanten su bandera, que sean ellos quienes presionen a la autoridad para dejar que la aplicación opere sin mayores problemas.

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Entonces la apuesta de Uber  es que a esa presión crezca y obligue a las autoridades a tomar cartas en el asunto. Viene entonces la negociación y la legislación que en muchos casos resulta favorable a Uber. Pongo como ejemplo al proceso legislativo de Yucatán. Ahí el Congreso estipuló medidas la opinión pública tomó como contrarias y exageradas contra la aplicación, pero al final éstas terminarán por generarle un beneficio a Uber pues podrá, con mayor razón, reforzar la idea de que quien utiliza el servicio es una persona de cierto nivel socioeconómico y sobre todo que es alguien que ha dado un paso a lo moderno al “entender” cuales serán los caminos de la movilidad en el Siglo XXI.

Quiero aclarar que mi argumentación anterior no pretende soslayar los vicios y los malos modos de una buena parte de los concesionarios y choferes de taxis. Es evidente que éstos han operado como un instrumento político de muchos gobiernos (incluso como elementos de choque en confrontaciones contra grupos sociales que se manifiestan en contra de decisiones de las autoridades), es también notorio el mal estado de muchas unidades y de la inseguridad que uno siente al tener que abordar un taxi. Son reprobables las acciones violentas que las agrupaciones de taxistas han emprendido en contra de choferes y usuarios de Uber u otras plataformas digitales de transporte. Se trata, en muchos casos,  de organizaciones gremiales que han establecido verdaderos monopolios al amparo del poder y que utilizan la violencia sabedores de que los cobija el oscuro manto de la impunidad.

Pero tampoco Uber garantiza que sus conductores serán auténticos modelos de conducta y que no practiquen acciones delincuenciales. Cada día son más los casos documentados de agresiones y abusos por parte de quienes manejan automóviles de la Compañía. También las protestas de socios por las condiciones y el modelo de trabajo de la empresa van en aumento por no generar las ganancias que en su momento les fueron prometidas. No hay que olvidar que quien termina por arriesgar su patrimonio es el socio y no la aplicación. En Uber tienen razón: ellos no son un medio de transporte, son una plataforma tecnológica que enlaza a un medio transporte con el usuario. De ahí que sean los socios y chóferes lo que tienen las confrontaciones más directas con la autoridad y los taxistas concesionarios.

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Además, Uber no ha podido ser una respuesta confiable a los problemas de movilidad de las grandes ciudades porque no se trata de un transporte de carácter masivo. La solución sigue siendo mover a la mayor cantidad de gente utilizando para ello la menor cantidad de vehículos posibles. Uber – incluso con modalidades como el Uberpool – no deja de ser una opción individualista pues eso es precisamente lo que vende: la atención personalizada, el confort individual. Quien diga lo contrario es porque mira al transporte público solamente desde la perspectiva del automovilista particular, desde una posición de clase,  y de quien piensa que la tecnología es la panacea para todos problemas de orden social.

Uber le seguirá apostando al conflicto para generarse publicidad y simpatías y para presionar a los gobiernos, de todos los colores y partidos, para operar y generarse ganancias a través de su modelo de negocios. Hasta el momento la estrategia le ha generado los dividendos que la Compañía espera y proyecta. Habrá que ver hasta cuando la maniobra le sigue funcionando y si Uber podrá ser estable en un mediano y largo plazo ofreciendo su alternativa de transporte público no concesionado a quien desee utilizarla.

Veremos…

Así las cosas hoy viernes…

Salud Pues……

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De Columnas Olímpicas…

Seven Readers!!!…

El blog estuvo un tanto abandonado durante este mes. La razón: estuve escribiendo una columna olímpica para la Revista Soma. A continuación les paso los links de todas ellas para que ustedes puedan leerlas. Ha sido un enorme viaje el escribir sobre unos Juegos Olímpicos grandiosos como lo fueron los de Río 2016. La serie se tituló “Los Juegos de la Felicidad“. Tuve la oportunidad de escribir sobre el contexto de los Juegos, atletas mexicanos y sobre las leyendas olímpicas que pasaron al Olimpo de los deportistas de nuestro tiempo. Aquí tienen la serie completa…

Los juegos de la felicidad (I)

Los juegos de la felicidad (II)

Los juegos de la felicidad (III)

Los juegos de la felicidad (IV)

Los juegos de la felicidad (V)

Los juegos de la felicidad VI

Los juegos de la felicidad VII

Los juegos de la felicidad VIII

Los juegos de la felicidad IX

Los juegos de la felicidad (X)

Los juegos de la felicidad: clausura Río 2016

Este blog retoma su programación normal a partir de ahora…

Así las cosas hoy jueves…

Salud Pues……

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De Bud Spencer o el Arte del Catorrazo…

Seven Readers!!!…

Mis primeras memorias cinéfilas son muy claras. Se remontan a finales de los setenta y principios de los ochenta, a cines viejos y cuyo suelo siempre estaba pegajoso, a viejos  y ruidosos ventiladores que luchaban con gallardía contra el calor que hacía en salas carentes de aire acondicionado. Son los recuerdos de sábados por la tarde cuando recién bañado y con el pelo engomado, acudía con la familia a aquellos viejos palacios dedicados a la exhibición de películas que se encontraban en las céntricas calles de Mérida Yucatán. El Rex o el Cantarell eran cines alejados de la comodidad que hoy se respira en los complejos dedicados a la exhibición de filmes. Sus sillas eran duras, incómodas y sus palomitas eran rancias y parecían pequeñas gomitas de chicle salado. En todo caso sí uno quería comer algo mientras se disfrutaba un filme lo mejor eran las grageas Escalona cuyo semi amargo chocolate producía fiestas en el paladar de cualquier niño.

Pero a pesar de aquellas incomodidades el cine resultaba en toda una aventura. Yo iba con la felicidad total a ver mis héroes de la pantalla salir de inverosímiles situaciones utilizando ya sea el ingenio o la fuerza bruta para realizar hazañas que me parecían fantásticas. Y mientras que para generaciones anteriores John Wayne o James Dean eran los elegantes ídolos de la pantalla, yo crecí idolatrando a actores cuya mayor virtud era la de propinar auténticos catorrazos a una serie de inútiles villanos que osaban pararse enfrente de ellos. Yo no lo sabía entonces, pero mis primeros héroes del séptimo arte eran italianos aunque tenían los nombre más norteamericanos del séptimo arte: Terence Hill y Bud Spencer.

Sus películas no eran complejas. Incluso, salvo alguna excepción (Dos Puños Contra Río), diría que la trama giraba en torno a lo mismo: Spencer y Hill eran el agua y el aceite a quienes alguna situación reunía para defender a un grupo de personas que sufrían el abuso por parte de los villanos en turno. En realidad, el argumento era lo de menos. Lo que era realmente atractivo es como un par de auténticos granujas se enfrentaba a los malos del filme para salirse con la suya y defender a los que parecían estar perdidos. Ambos con diferentes estilos para pelear.

Spencer significaba la fuerza bruta. Podían golpearle entre varias personas y simplemente no caía, podían romperle artefactos encima y el tipo permanecía en pie. Sus bofetadas y sus golpes en la cabeza eran la marca de la casa. Era capaz de resistir el asedio de más un pandillero para terminar con él. Hill por su parte utilizaba la agilidad y la inteligencia. No era raro verle tomar algún instrumento para hacer de él un arma que resultaba en fulminante para quien se ponía en su camino. Los dos formaban un equipo formidable y eran capaces de acabar con pandillas enteras sin mayores problemas y, por supuesto, sin sufrir rasguño alguno. Usualmente era Hill quien provocaba que Spencer entrara en acción para luego acudir a su rescate aunque uno sospechaba que el gordo mal encarado y bonachón tenía la capacidad para arreglárselas por si mismo.

Spencer y Hill fueron dignos herederos del catorrazo ese elemento fundacional de la comedia cinematográfica. El gag que utilizaba al físico para generar carcajadas. Existe por supuesto una relación entre los filmes de Bud y Terence y aquellos que dieron origen a la comedia en el cine protagonizados por Chaplin, Keaton o Lloyd. Comedia en las que los pleitos, los golpes, las caídas y los tortazos constituían el génesis del arte cinematográfico. Quizá también con ellos se extinguió esa comedia propia de tiempos más inocentes, carentes de sofisticación y pretensión. Una comedia física capaz de hacer reír hasta el más serio, la comedia de mi infancia, la comedia de Bud Spencer y Terence Hill.

No era lo único que los distinguía. Estaba también su forma de sentarse a la mesa, de literalmente engullir los alimentos. Los modales salían sobrando, era el gozo puro por la comida o la necesidad de satisfacer un instinto de supervivencia. Vivir para comer, comer para vivir; nada más, nada menos. La escena de la cena daba siempre pie a otro tipo de situaciones y permitía revelar mucho de la personalidad de los protagonistas de los filmes.

Aquí dos escenas que son ejemplo de ello.

La primera es de Mi Nombre es Trinity de 1970. Hill entra a una posada de mala muerte en la que se refugian dos bandidos que traen a un prisionero. El personaje principal accede al sitio con la idea de alimentarse, nada más. La cámara seguirá su rápido proceso de alimentación lo que llamará la atención no solamente del dueño del lugar sino también de los malhechores. La escena funcionará para determinar el carácter del personaje principal y sus habilidades como pistolero, las cuales no eran posibles de intuir a partir de su aspecto.

La segunda es de la secuela “Mi Name is Still Trinity”. Trinity (Hill) y Bambino (Spencer) entran un restaurante elegante, rompen el contexto del mismo y atraen la atención de toda la clientela por sus voraces modales en la mesa. Para ellos la comida no es un acto social, sino una mera satisfacción instintiva. La escena es grandiosa porque marca la personalidad de los personajes principales: los anti héroes, los granujas, los pillos que van a terminar rompiendo con los moldes establecidos por la sociedad representada en el filme.

Lo interesante de las películas de Bud Spencer y Terence Hill es que existe en ellas la idea de un estilo constante, algo que se repite como una fórmula única y que les brindó de características especiales. Por supuesto esa fórmula no está sustentada en un complejo planteamiento audiovisual, diálogos sesudos o situaciones en los que la humanidad está a prueba. Su moral se resume a salirse con la suya mientras que en el proceso se ayuda a quien lo necesita. Quizá por ello sus filmes nos encantaron a muchos en la infancia, porque podríamos reconocernos en esa inocencia y en esa lucha por el bien encarnada en algunos de los ideales más simples pero más importantes que puede tener el ser humano: la solidaridad, la amistad y el compañerismo.

Hoy ha muerto Bud Spencer. Supongo que sonará a cliché pero creo que la frase es acertada: una buena parte de la infancia de una generación se ha ido con él. Trato de pensar en algún actor similar, en películas similares a las filmadas por Carlo Pedersoli (su verdadero nombre) y no las encuentro. Quizá ni él ni Mario Giroti (nombre real de Terence Hill) hayan dejado un legado muy grande en términos artísticos, pero es posible que con su partida venga el reconocimiento a una obra lejana de pretensiones y cuya única finalidad era la de divertir y divertirse. Películas simples, para una era simple.

Hasta pronto Antonio Coimbra de la Coronilla y Azevedo. Varios niños de los 70 y los 80 te vamos a echar de menos.

Así las cosas hoy lunes…

Salud Pues……

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