Del Corona Elements…

Seven Readers!!!…

-“Di la verdad, ¿a quién vienes a ver ? – me pregunta un amigo que forma parte de la organización del Corona Elements.

-“La verdad” – respondo – “No conozco a nadie”.

Nunca antes había sido tan sincero al llegar a un concierto: en ese momento no tengo ni la más remota idea de quienes son Little Jesus, Magic! o Capital Cities. Me despido de mi amigo y de otros cuates de los medios de comunicación y comienzo a recorrer el Centro de Espectáculos Carta Clara, sede de la edición “Aire” del Corona Elements. Es mi primera vez en dicho lugar y me sorprende gratamente. Se trata de una larga y cómoda explanada ideal para recibir espectáculos masivos. Es evidente que desde cualquier ángulo puede disfrutarse del evento así que voy en la búsqueda del mejor sitio para permanecer de pie durante las próximas cinco horas. No sé si tenga la espalda y las rodillas para aguantar tal empresa, pero estoy dispuesto a arriesgarme. Ya ha sido arriesgado el hecho de ir a escuchar a bandas que no conozco, así que supongo que dejar parte del cuerpo y la energía en el asfalto del lugar no tendrá importancia.

Camino entre la gente y miro con cierta atención a los comensales del evento. Es difícil encontrarse a alguien mayor de 30 años. Comienzo a preguntarme si no soy el más vetusto del lugar. Los rostros, que exudan juventud y las primeras dosis de alcohol, conversan mientras un par de aburridos hipsters que forman un duo llamado Sotomayor se pasean por el escenario sin que a la mayoría de los asistentes les importe un pepino. La felicidad es el común denominador de quienes se encuentran ahí. Pláticas animadas, bocas pintadas, cabellos peinados a lo que supongo es la moda, manos que sostienen grandes vasos de cerveza. Miro a los chicos pensando en que la mayoría han de tener los años de los hijos de los miembros de mi generación. Entonces la edad me pega un zape en la calva: estoy a punto de rockear con los hijos de mis amigos. En ese momento pienso que soy un caso extraño. Yo debería estar entre el grupo de gente que se emociona cada vez que Flans anuncia un nuevo reencuentro o entre aquellos que se indignan porque Luis Miguel les espeta una cachetada de decadencia y les deja tirados con 3000 pesos de boletos en la mano. Pero no es así y la prueba es que estoy en un lugar que la mayoría de mis contemporáneos solo vio desde fuera mientras dejaban a sus vástagos en el concierto. Sin proponérmelo me aíslo un momento del entorno para preguntarme si ello quiere decir que no he madurado ni maduraré nunca o que simplemente mi capacidad de asimilación musical puede superar los naturales estancamientos generacionales. No lo sé y la duda me persigue por algunos minutos.

La exclamación de emoción de una chica me saca de mis chavo-rucas abstracciones. Little Jesus! se encuentra en el escenario. Aparecen todos vestidos de blanco y desde lejos parecen una banda más de esas que pululan en la industria buscando un sitio o un hit que los que coloque en el Olimpo de los One Hit Wonders, parecen una banda de chicos jugando a la guitarra: lo son. La poca capacidad vocal del cantante queda de manifiesto desde las primeras notas. Al tipo no solamente le vendrían bien unas lecciones de solfeo sino también algunas de manejo escénico y de conciertos. Los feligreses del evento se congregan para verlos y aunque algunos corean sus canciones la mayoría prefiere abstraerse en otras cosas. La falta de pericia sobre el escenario de los integrantes de Little Jesus se hace aún más notoria cuando logran prender a un mayor número de personas con un rock bastante movidito, para destrozar lo logrado cuando el cantante se queda solo   con su guitarra exhibiendo su nulo dominio escénico, su nula capacidad vocal. El llevar a los asistentes por varios estados de ánimo en un directo requiere de personalidad, experiencia y carisma. El chico no tiene nada de ello. Al final Little Jesus retrata todos los síntomas del rockito mexicano: letras insulsas, poco arriesgadas, poca preparación musical, poco interés por la producción. Al término de su actuación comienzo a preguntarme si he hecho lo correcto al estar ahí, si no debería estar mejor en una sala de cine devorando alguno de mis pendientes en la cartelera. ¡Nah!, decido que si ya escuché a Little Jesus hay que seguir con Magic! y con Capital Cities.

Decisión correcta.

El cuarteto canadiense Magic! toma el escenario. Desde que aparecen son notorias las diferencias con el grupito mexicano que le antecedió. Y no, no es malinchismo, son hechos que quedan demostrados desde los primeros acordes de la música de Magic!. Ahí hay dominio escénico, ahí hay idea de lo que es presentarse en directo, ahí hay talento aún tratándose de una banda cuya música salpicada de pop, rock y reggae tiene evidentes tintes comerciales, es una música segura, que no corre riesgos. Los de Magic! saben lo que hacen y lo que quieren en el escenario. Ayuda mucho la personalidad desparpajada, divertida y atrayente de su frontman. El tipo se baja del escenario, camina entre la gente, los saluda, baila con ellos e incluso toma el celular de una fanática para entonar una profundísima canción cuya letra tiene la grandiosa frase “call me on my cellphone”. Versionan muy decentemente a Bob Marley lo que atrapa al público. Por un momento detecto influencias de The Police las cuales son confirmadas cuando realizan un muy buen cóver de Message In A Bottle. Al término de su actuación han enganchado por completo a la audiencia. Nadie – me incluyo – se resiste a sus ritmos pegajosos y todos terminan entregados al espectáculo. Son el aperitivo ideal para el plato principal de la cena audiovisual. La noche esta lista para Capital Cities.

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Después me enteraría que Capital Cities es un duo de Los Ángeles California  y que tienen un solo disco llamado In A Tidal Wave of Mistery. Es evidente que su material aún es limitado cuando incluyen en su actos cóvers de The Bee Gees y Madonna. Pero ello no es contraproducente para su presentación en vivo, por el contrario las versiones de música conocida, y prácticamente atemporal, hierven aún más a un público completamente entregado a la banda y generan una mayor catarsis entre público y artistas. La noche huele a mota, a sudor, a alcohol, mientras los angelinos despliegan sobre el escenario un pop energético, aderezado por un estupendo trompetista y una brutalmente buena sección rítmica, que contagia hasta al más arrítmico de los presentes – yo, por supuesto – a moverse. Miro a mi alrededor y el concierto ha alcanzado su punto culminante. Era evidente que los ahí presentes esperaban con ansia a la banda. Dos chicas que se encuentran junto a mi, bailan como si de ello dependiera su existencia, se mueven con cadencia junto a otro chavo-ruco que, bastante perdido, viste con una camiseta de Gun’s & Roses y lleva atado un paliacate en la frente. Por momentos se repite ese nuevo e inexplicable ritual de los conciertos en el que los asistentes limitan su experiencia a las pantallas de sus teléfonos móviles. Nunca lo entenderé pues mientras graban se están perdiendo de las sensaciones producidas por el espectáculo en su conjunto. Capital Cities se comunica poco con la audiencia, la banda deja que su música hable por ellos y eso es suficiente. El lugar entero se convierte en una gigantesca pista de baile. Brincos, vueltas, grupos de chicos agitándose al ritmo de las ondas sonoras. Llega entonces ese momento que tanto adoro de un concierto en vivo cuando todo lo demás deja de ser importante y puedes perderte en las olas de energía producidas por una masa de gente moviéndose, unificándose a través de la música. Todos somos uno, uno somos todos. Las barreras generacionales caen y de pronto me encuentro en el medio de un grupo de veinteañeros que me aceptan como uno uno de ellos mientras todos brincamos al ritmo de una canción llamada Safe & Sound. Es el clímax del pequeño festival, el momento del orgasmo sonoro en el que todos tus sentidos están disfrutando al máximo de la experiencia del directo. Es por eso que uno termina por ser adicto a las presentaciones en vivo, porque llega un momento en el que la música te permite salir de lo que eres y te conviertes en lo que fuiste o en lo que puedes ser, mientras eres cobijado por cientos o miles de personas que caminan a tu lado por ese sendero de luces y sonidos que se mezclan con una noche que a la postre, y gracias a la fugacidad de esos instantes,  resulta perfecta.

Las luces del escenario se apagan y mi espalda grita de dolor mientras regreso a la realidad. Los espasmos en la columna, que claman por retirarse de ahí para buscar la seguridad de la cama, se mezclan con un estomago que pide ser llenado por cualquier cosa comestible. La cruda auditiva comienza inmediatamente y aparece el periodo refractario en el que todo vuelve a acomodarse en su lugar. El Corona Elements ha terminado con un saldo satisfactorio. Así lo demuestran la mayoría de los rostros que vacían la gigantesca explanada del Centro de Espectáculos. Rostros agotados pero felices, caminan hacía la salida. Camino junto a ellos quizá más viejo y más cansado que todos, pero con el espíritu empapado de esa sensación de ser invencible que es inherente a la juventud.

Llegué por primera vez en mi vida a un concierto sin saber absolutamente lo que me esperaba, conocí música nueva y tal vez llegue a descargar algo de Magic! o Capital Cities en el ipod. Pero eso no es importante, lo que realmente importa es la experiencia, las cinco horas de música, de descubrimiento, de mantener abierta esa capacidad de aprendizaje que te permite asombrarte nuevamente gracias a esa fantástica cualidad humana que tienen algunos, los privilegiados que hacen música, los que nos hacen felices cuando les vemos y escuchamos en vivo.

Así las cosas hoy jueves…

Salud pues……

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About davidmalborn

Escribo sobre lo que vivo y me gusta. Soy un experto en nada y un aprendiz de todo...
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