De The Force Awakens…

Seven Readers!!!…

Cuando vi por primera vez el trailer de Star Wars: The Force Awakens, las dos cosas que más me emocionaron tenían que ver con el Halcón Milenario. La primera era el verlo volar de nuevo, el cruzar los aires y el espacio, esquivando y atacando a Tie Fighters a toda velocidad. Esa pieza de chatarra, que fue capaz de recorrer en menos de 12 parsecs la ruta a Kessel, es quizá el vehículo más amado de la historia del cine. La otra fue justo cuando Han Solo y Chewbacca abordan de nuevo a la nave espacial y nuestro héroe nos emociona a todos al decir “Chewie: We’re Home“. Aquella parte del corto promocional nos adelantaba un hecho muy importante: estábamos a punto de volver a casa. Esa casa de la que muchos nos despedimos hace 30 años cuando salimos de una sala de cine después de la celebración de la victoria en la Luna de Endor.

Miro de nuevo la escena final de The Return of The Jedi (la original, la que vimos en el 83) e identifico aspectos conocidos que hicieron de la primera trilogía algo memorable: una historia en la que el bien y el mal colisionan en ese eterno choque entre dualidades, personajes entrañables a los que uno admiraba no solamente por su capacidad de lucha sino también porque encarnaban a personas cuyas batallas no solamente eran por derrotar a fascistas tiranías, sino también por encontrar el balance en la intimidad del núcleo más importante: el familiar. Star Wars fue una serie de películas de padres e hijos que buscaban la redención, que batallaban no solamente por encontrar un lugar en el universo, sino explicarse también sus orígenes para poder hallar esas marcas primigenias que  les permitían entender mejor su destino. Quizá por ello la historia ha trascendido tantas generaciones: porque al final no está contando solamente una épica sobre naves espaciales, caballeros medievales con rígidos códigos de honor que esgrimen sables láser, o vaqueros espaciales que se baten a duelo mientras son capaces de enamorar a las más bellas princesas; sino que sobre todo nos está narrando la historia de una familia que para poder salvar a toda una galaxia primero tiene que salvarse a si misma.

JJ Abrams lo entiende de esa forma desde el principio de The Force Awakens. Sabe perfectamente que las grandes historias cubren con grandeza a las que realmente son importantes. Porque más allá de lo que es evidente, más allá de la espectacularidad de mirar secuencias llenas de acción, con intercortes precisos para que el espectador renueve con cada plano su capacidad de asombro, JJ nos regresa a esa historia en la que los huérfanos tratan de encontrar su origen, en la que los padres luchan hasta el sacrificio por salvar a sus hijos, en la que los malos existen solamente para tratar de romper esos lazos familiares en la búsqueda del control total, del poder absoluto; están en la búsqueda de destruir al amor como esa gran fuerza conecta a todas las cosas en cualquier galaxia, sea una muy lejana o sea esta en la que reside nuestro pequeño y hermoso punto azul.

the force

Abrams ha demostrado ser un hábil narrador, capaz de trazar hermosos y seductores planos que ocultan lo que realmente le importa decir. Desde las épocas de Lost en las que fue capaz de esconder en una misteriosa Isla una historia de redención, de perdón, de un amor que sobrepasa cualquier experiencia por tenebrosa que esta fuera. O en Súper8 en las que a través de la filmación de una película, un niño se enfrenta busca entender y recomponer su existencia después de la muerte de su madre. Aquí, cada explosión, cada secuencia espectacular, es simplemente un pretexto para contar una historia más íntima que busca retratar episodios importantes de la experiencia humana.

Y lo hace regodeándose en la estética original del filme. En esas carreras por pasillos grises y largos, haciendo uso de la perspectiva y la profundidad de campo para mostrarnos el poderío de las instalaciones de la primera orden, o con extraordinarios y bien diseñados travellings que muestran entre áridas y secas dunas, los residuos de la guerra que terminó con el Imperio Galáctico y que significó – en su momento – el triunfo de la república. Será aún más incisivo cuando muestra lo que Lucas no mostró al momento de la destrucción de Alderaán en el Episodio IV, centrándose en esos anónimos rostros que impotentes miran venir al cataclismo provocado por el mal ceñirse sobre sus cabezas. Y sobre todo rescatará a los personajes que antes sin nombre (pilotos de caza rebeldes, soldados del imperio) para dotarles de rostro y de historia. Porque finalmente lo que sucede en una guerra tiene afectación para todos. Habrá aquellos que logren imponerse a las circunstancias apelando a lo más profundo de su moral para impedir que el conflicto los deshumanice.

La historia del héroe que en el principio es ajeno al rol que debe jugar en el conflicto, aparece de nuevo. Daisy Ridley encarna no solamente a la nueva generación de héroes en el universo de Star Wars, sino que su interpretación es lo suficientemente balanceada para ir creciendo y desarrollando a su personaje. Rey se involucrará sin proponérselo en el conflicto al toparse de manera accidental con un pequeño androide (Episodio IV, dixit) al que deberá ayudar a cumplir una misión, simplemente para darse cuenta de que su papel en una nueva guerra intergaláctica puede ser determinante. Encontrará respuestas al interior de una caja un símbolo importantísimo, guardián de secretos ocultos por años a los que la joven heroína tendrá que enfrentarse para comprender de donde vino y a donde tiene que ir. Para ello contará con la ayuda no solamente de nuevos personajes, sino también de aquellos que crecieron, que envejecieron en nuestra imaginación por 40 años y que ahora regresan para que finalmente su destino nos sea relatado, para saber que fue lo que sucedió y que permitió que una nueva amenaza fascista intente cubrir con su manto de maldad a toda la Galaxia.

Las mejores historias, son aquellas que sutilmente esconden otras más importantes bajo su trama. Subyacentes a la misma, adquieren importancia cuando el director posee la sutil capacidad de rozarnos, de acariciarnos con ellas mientras nuestros ojos están perdidos en la sinfonía visual que dibuja en pantalla. Sin esas historias Star Wars sería solamente una película sobre el espacio, fría, espectacular tal vez pero fría. Esa calidez que se perdió en las precuelas se retoma en The Force Awakens generando en el espectador una emoción que le permite reencontrarse con ese universo al que se amó desde la primera vez que vio al Tantive IV huir de un poderoso Destructor Imperial. Pero creo que no solo será capaz de emocionar al espectador curtido en dicho universo. La verdadera historia de Star Wars posee la universalidad necesaria para tocar las fibras de quien sabe encontrarla. Porque todos somos padres, porque todos somos hijos, porque todos somos capaces de entender la historia de una familia que ha luchado por generaciones para no destruirse, para no desmoronarse.

JJ Abrams sabía perfectamente a lo que jugaba al momento de sentarse en el sillín del director de algún filme de Star Wars. Pero sus movimientos como director tienen un propósito muy significativo: ponernos de su lado, reconectarnos junto a él a esos tiempos en los que la palabra rebelde adquirió una connotación positiva pues ello significaba estar de parte de los buenos, de parte de la justicia. Y nos pone a su lado regresándonos a la vieja historia de Star Wars. Aquella en la que las despedidas formaban parte importante de cada filme, aquella en la que los personajes luchaban no solamente por el bien común, sino también por el amor a la familia, a los amigos, a los que se ama. Y sobre todo porque con cada despedida aparecía la oportunidad, la esperanza de encontrarse de nuevo con el padre, con el abrazo, con el hijo perdido a años luz en el otro extremo del hiperespacio, con la posibilidad de redimirse a si mismo y así salvar a quien forma parte de los vínculos más importantes de la existencia.

Hace 30 años nos despedimos de ese universo que cambió para siempre la forma de hacer y vender cine. Al final de The Force Awakens la despedida no es menos dolorosa, pero con ella se ha reencendido la llama de nuestra capacidad de asombro, de nuestra infancia escondida, de nuestras mejores y más maravillosas aventuras de la imaginación. Aquellas que nos formaron,  que siguen vigentes,  que nunca nos van a abandonar.

Un logro…

Así las cosas hoy domingo…

Salud pues……

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About davidmalborn

Escribo sobre lo que vivo y me gusta. Soy un experto en nada y un aprendiz de todo...
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