De Bud Spencer o el Arte del Catorrazo…

Seven Readers!!!…

Mis primeras memorias cinéfilas son muy claras. Se remontan a finales de los setenta y principios de los ochenta, a cines viejos y cuyo suelo siempre estaba pegajoso, a viejos  y ruidosos ventiladores que luchaban con gallardía contra el calor que hacía en salas carentes de aire acondicionado. Son los recuerdos de sábados por la tarde cuando recién bañado y con el pelo engomado, acudía con la familia a aquellos viejos palacios dedicados a la exhibición de películas que se encontraban en las céntricas calles de Mérida Yucatán. El Rex o el Cantarell eran cines alejados de la comodidad que hoy se respira en los complejos dedicados a la exhibición de filmes. Sus sillas eran duras, incómodas y sus palomitas eran rancias y parecían pequeñas gomitas de chicle salado. En todo caso sí uno quería comer algo mientras se disfrutaba un filme lo mejor eran las grageas Escalona cuyo semi amargo chocolate producía fiestas en el paladar de cualquier niño.

Pero a pesar de aquellas incomodidades el cine resultaba en toda una aventura. Yo iba con la felicidad total a ver mis héroes de la pantalla salir de inverosímiles situaciones utilizando ya sea el ingenio o la fuerza bruta para realizar hazañas que me parecían fantásticas. Y mientras que para generaciones anteriores John Wayne o James Dean eran los elegantes ídolos de la pantalla, yo crecí idolatrando a actores cuya mayor virtud era la de propinar auténticos catorrazos a una serie de inútiles villanos que osaban pararse enfrente de ellos. Yo no lo sabía entonces, pero mis primeros héroes del séptimo arte eran italianos aunque tenían los nombre más norteamericanos del séptimo arte: Terence Hill y Bud Spencer.

Sus películas no eran complejas. Incluso, salvo alguna excepción (Dos Puños Contra Río), diría que la trama giraba en torno a lo mismo: Spencer y Hill eran el agua y el aceite a quienes alguna situación reunía para defender a un grupo de personas que sufrían el abuso por parte de los villanos en turno. En realidad, el argumento era lo de menos. Lo que era realmente atractivo es como un par de auténticos granujas se enfrentaba a los malos del filme para salirse con la suya y defender a los que parecían estar perdidos. Ambos con diferentes estilos para pelear.

Spencer significaba la fuerza bruta. Podían golpearle entre varias personas y simplemente no caía, podían romperle artefactos encima y el tipo permanecía en pie. Sus bofetadas y sus golpes en la cabeza eran la marca de la casa. Era capaz de resistir el asedio de más un pandillero para terminar con él. Hill por su parte utilizaba la agilidad y la inteligencia. No era raro verle tomar algún instrumento para hacer de él un arma que resultaba en fulminante para quien se ponía en su camino. Los dos formaban un equipo formidable y eran capaces de acabar con pandillas enteras sin mayores problemas y, por supuesto, sin sufrir rasguño alguno. Usualmente era Hill quien provocaba que Spencer entrara en acción para luego acudir a su rescate aunque uno sospechaba que el gordo mal encarado y bonachón tenía la capacidad para arreglárselas por si mismo.

Spencer y Hill fueron dignos herederos del catorrazo ese elemento fundacional de la comedia cinematográfica. El gag que utilizaba al físico para generar carcajadas. Existe por supuesto una relación entre los filmes de Bud y Terence y aquellos que dieron origen a la comedia en el cine protagonizados por Chaplin, Keaton o Lloyd. Comedia en las que los pleitos, los golpes, las caídas y los tortazos constituían el génesis del arte cinematográfico. Quizá también con ellos se extinguió esa comedia propia de tiempos más inocentes, carentes de sofisticación y pretensión. Una comedia física capaz de hacer reír hasta el más serio, la comedia de mi infancia, la comedia de Bud Spencer y Terence Hill.

No era lo único que los distinguía. Estaba también su forma de sentarse a la mesa, de literalmente engullir los alimentos. Los modales salían sobrando, era el gozo puro por la comida o la necesidad de satisfacer un instinto de supervivencia. Vivir para comer, comer para vivir; nada más, nada menos. La escena de la cena daba siempre pie a otro tipo de situaciones y permitía revelar mucho de la personalidad de los protagonistas de los filmes.

Aquí dos escenas que son ejemplo de ello.

La primera es de Mi Nombre es Trinity de 1970. Hill entra a una posada de mala muerte en la que se refugian dos bandidos que traen a un prisionero. El personaje principal accede al sitio con la idea de alimentarse, nada más. La cámara seguirá su rápido proceso de alimentación lo que llamará la atención no solamente del dueño del lugar sino también de los malhechores. La escena funcionará para determinar el carácter del personaje principal y sus habilidades como pistolero, las cuales no eran posibles de intuir a partir de su aspecto.

La segunda es de la secuela “Mi Name is Still Trinity”. Trinity (Hill) y Bambino (Spencer) entran un restaurante elegante, rompen el contexto del mismo y atraen la atención de toda la clientela por sus voraces modales en la mesa. Para ellos la comida no es un acto social, sino una mera satisfacción instintiva. La escena es grandiosa porque marca la personalidad de los personajes principales: los anti héroes, los granujas, los pillos que van a terminar rompiendo con los moldes establecidos por la sociedad representada en el filme.

Lo interesante de las películas de Bud Spencer y Terence Hill es que existe en ellas la idea de un estilo constante, algo que se repite como una fórmula única y que les brindó de características especiales. Por supuesto esa fórmula no está sustentada en un complejo planteamiento audiovisual, diálogos sesudos o situaciones en los que la humanidad está a prueba. Su moral se resume a salirse con la suya mientras que en el proceso se ayuda a quien lo necesita. Quizá por ello sus filmes nos encantaron a muchos en la infancia, porque podríamos reconocernos en esa inocencia y en esa lucha por el bien encarnada en algunos de los ideales más simples pero más importantes que puede tener el ser humano: la solidaridad, la amistad y el compañerismo.

Hoy ha muerto Bud Spencer. Supongo que sonará a cliché pero creo que la frase es acertada: una buena parte de la infancia de una generación se ha ido con él. Trato de pensar en algún actor similar, en películas similares a las filmadas por Carlo Pedersoli (su verdadero nombre) y no las encuentro. Quizá ni él ni Mario Giroti (nombre real de Terence Hill) hayan dejado un legado muy grande en términos artísticos, pero es posible que con su partida venga el reconocimiento a una obra lejana de pretensiones y cuya única finalidad era la de divertir y divertirse. Películas simples, para una era simple.

Hasta pronto Antonio Coimbra de la Coronilla y Azevedo. Varios niños de los 70 y los 80 te vamos a echar de menos.

Así las cosas hoy lunes…

Salud Pues……

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About davidmalborn

Escribo sobre lo que vivo y me gusta. Soy un experto en nada y un aprendiz de todo...
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