De Uber (o el conflicto como estrategia)…

Seven Readers!!!..

La plataforma de transporte de pasajeros que enlaza a choferes con usuarios llamada Uber está por dar un paso más en su expansión en la Península de Yucatán. Hace unos meses inició sus operaciones en la ciudad de Mérida y en unas semanas más llegará a la ciudad de Campeche. En Mérida el arribo de Uber encontró el apoyo de un buen sector de las clases media y media alta que tienen acceso a la tecnología, mientras que la resistencia vino – como ha pasado en casi todo el mundo – de organizaciones de taxistas cuyos miembros pertenecen a sindicatos muy cercanos a los poderes políticos y que tienen que desembolsar fuertes sumas de dinero para poder acceder a una concesión que les permita brindar el servicio de transporte de pasajeros. En Campeche el asunto va por el mismo camino.

Pero, como ya dije antes, esto no es privativo de Mérida o Campeche. La llegada de Uber a una ciudad implica inevitablemente una confrontación con autoridades del transporte y con los taxistas siendo la querella más recurrente la que acusa a la plataforma de una competencia desleal. En España, por ejemplo, Uber generó un duro encuentro con los taxistas de Madrid que llevaría a los prestadores del servicio de transporte a iniciar una huelga en contra de la aplicación y a la salida definitiva de Uber de España. En Buenos Aires los taxistas emprendieron actividades similares para bloquear la llegada de Uber. Lo mismo ha sucedido en Chile, Colombia y por supuesto en la Ciudad de México o Guadalajara.

Lo que resulta interesante es que la generación de un conflicto resulta en una de las principales estrategias de Uber para establecerse en una localidad. Uber utiliza a la confrontación en dos sentidos: para generar simpatías entre los usuarios del transporte y el público en general y como medida de presión para que las autoridades legislen a su favor sin tener que pasar por los pesados y costosos trámites por los que tiene que atraviesa quien pretenda obtener para obtener una concesión de transporte público.

En primera instancia Uber conoce perfectamente la situación existente de usuarios y taxistas en cada una de las localidades a las que llegará. Sabe del descuido en las unidades de taxi, está enterado de abusos en cobros y del contubernio que existe entre el poder político y la mayoría de los sindicatos y uniones de choferes de taxis. Entiende a la perfección el enojo de quienes todos los días deben abordar un vehículo de alquiler para trasladarse de un sitio a otro y lidian con actitudes prepotentes de los conductores. Uber se posiciona como alternativa entre las dos partes. Vende un servicio de mayor calidad, con autos más nuevos y con conductores que, supuestamente, son amables, preparados, capaces y que brindan en su manejo una seguridad que el taxi simplemente no puede – o no quiere – proveer. Uber vende estatus, vende la idea que la tecnología funciona como un resolutivo a los problemas más básicos de la cotidianidad como lo es de el de una movilidad segura, confortable y – supuestamente – económica. Genera entonces un conflicto entre usuarios que piden se les respete el derecho a decidir como moverse y la autoridad política que, por muchas y muy válidas razones, es vista con desconfianza por el gran público. Todo termina convirtiéndose en duelo entre “buenos y modernos” (público y Uber ) vs “Malos y anticuados” (taxistas y gobierno).

El conflicto resulta entonces en una brillante y barata estrategia política y de manipulación: Uber deja que sean otros los que levanten su bandera, que sean ellos quienes presionen a la autoridad para dejar que la aplicación opere sin mayores problemas.

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Entonces la apuesta de Uber  es que a esa presión crezca y obligue a las autoridades a tomar cartas en el asunto. Viene entonces la negociación y la legislación que en muchos casos resulta favorable a Uber. Pongo como ejemplo al proceso legislativo de Yucatán. Ahí el Congreso estipuló medidas la opinión pública tomó como contrarias y exageradas contra la aplicación, pero al final éstas terminarán por generarle un beneficio a Uber pues podrá, con mayor razón, reforzar la idea de que quien utiliza el servicio es una persona de cierto nivel socioeconómico y sobre todo que es alguien que ha dado un paso a lo moderno al “entender” cuales serán los caminos de la movilidad en el Siglo XXI.

Quiero aclarar que mi argumentación anterior no pretende soslayar los vicios y los malos modos de una buena parte de los concesionarios y choferes de taxis. Es evidente que éstos han operado como un instrumento político de muchos gobiernos (incluso como elementos de choque en confrontaciones contra grupos sociales que se manifiestan en contra de decisiones de las autoridades), es también notorio el mal estado de muchas unidades y de la inseguridad que uno siente al tener que abordar un taxi. Son reprobables las acciones violentas que las agrupaciones de taxistas han emprendido en contra de choferes y usuarios de Uber u otras plataformas digitales de transporte. Se trata, en muchos casos,  de organizaciones gremiales que han establecido verdaderos monopolios al amparo del poder y que utilizan la violencia sabedores de que los cobija el oscuro manto de la impunidad.

Pero tampoco Uber garantiza que sus conductores serán auténticos modelos de conducta y que no practiquen acciones delincuenciales. Cada día son más los casos documentados de agresiones y abusos por parte de quienes manejan automóviles de la Compañía. También las protestas de socios por las condiciones y el modelo de trabajo de la empresa van en aumento por no generar las ganancias que en su momento les fueron prometidas. No hay que olvidar que quien termina por arriesgar su patrimonio es el socio y no la aplicación. En Uber tienen razón: ellos no son un medio de transporte, son una plataforma tecnológica que enlaza a un medio transporte con el usuario. De ahí que sean los socios y chóferes lo que tienen las confrontaciones más directas con la autoridad y los taxistas concesionarios.

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Además, Uber no ha podido ser una respuesta confiable a los problemas de movilidad de las grandes ciudades porque no se trata de un transporte de carácter masivo. La solución sigue siendo mover a la mayor cantidad de gente utilizando para ello la menor cantidad de vehículos posibles. Uber – incluso con modalidades como el Uberpool – no deja de ser una opción individualista pues eso es precisamente lo que vende: la atención personalizada, el confort individual. Quien diga lo contrario es porque mira al transporte público solamente desde la perspectiva del automovilista particular, desde una posición de clase,  y de quien piensa que la tecnología es la panacea para todos problemas de orden social.

Uber le seguirá apostando al conflicto para generarse publicidad y simpatías y para presionar a los gobiernos, de todos los colores y partidos, para operar y generarse ganancias a través de su modelo de negocios. Hasta el momento la estrategia le ha generado los dividendos que la Compañía espera y proyecta. Habrá que ver hasta cuando la maniobra le sigue funcionando y si Uber podrá ser estable en un mediano y largo plazo ofreciendo su alternativa de transporte público no concesionado a quien desee utilizarla.

Veremos…

Así las cosas hoy viernes…

Salud Pues……

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About davidmalborn

Escribo sobre lo que vivo y me gusta. Soy un experto en nada y un aprendiz de todo...
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