De Breves Crónicas Habaneras…

Seven Readers!!!…

Vamos a caminar
se está poniendo el sol
y La Habana se muda
a malecón.

Vamos solos tú y yo,
atravesando G
la luna nos espera
en 23…

Ireno García

Hace ya varios años alguien me regaló un cassette en el que venía la música de Pablo Milanés y Silvio Rodríguez. Y aunque Cuba siempre estuvo presente musicalmente en casa (Siboney, quizá fue una de las primeras canciones que le escuché cantar a mi Madre) la música de los dos representantes de la “Nueva Trova Cubana” fue la que me hizo voltear hacía un país tan cercano en términos territoriales pero desconocido para mi entonces yo adolescente. No puedo decir que mi relación de enamoramiento lejano fue igual que la sostuve desde muy temprana edad con España, pero Cuba despertó mi atención no solamente por su música sino por toda la información que llegaba de ella. Por eso trataba de entender por que Milanés cantaba que nunca pisaría tierra firme pues estaba prendido de esa Isla musical y que expedía cierta magia desde una cercana lejanía.

Desde entonces tuve el deseo de ir alguna vez a La Habana. Y siempre quise hacerlo mientras Fidel Castro estuviera en el poder. Su figura me parecía enigmática, atrayente e interesante. Con todo lo que pudiera criticarse del Comandante, su resistencia y la dignidad con la que la enarbolaba, eran algo que yo creía que tendría que vivirse desde dentro, desde las entrañas mismas de esa isla a la que revolucionó en 1959. Pero nunca pude hacerlo. Fidel se fue y yo llego a La Habana un par de años después de su partida. Pero su figura sigue presente en cada esquina de esta ciudad, en los grandes espectaculares que uno ve desde que se va adentrando en la urbe habanera. Es como si su fantasma siguiera embriagando con el humo de su puro a toda la urbe, a todos los que en ella habitan y a quienes le visitamos.

Dicen, los que aquí ya han estado, que quien viene a La Habana nunca deja de querer volver a ella. Creo que quiero volver aún sin haberme ido.


Llegué a La Habana en un domingo. Junto al hostal en el que me quedo se desarrolla una fiesta. La Charanga y el Son se cantan y se bailan a todo pulmón. Los cubanos parecen festejar como si de ello dependiera su vida. El lugar se llama Casa Balear y la primera vez que le vi no imaginé que se iba a convertir en uno de los mejores refugios habaneros. La sangría que ahí se sirve parece tener todas las respuestas a cualquier pregunta que uno tenga sobre Cuba y sobre la vida misma.

En La Habana se puede todavía fumar y beber en la calle y quizá por esas razones las dominicales arterias de esta ciudad parecen contagiarse de un ambiente festivo.  Es domingo y el bellísimo malecón de la ciudad se encuentra lleno de gente. Turistas y locales que se dejan seducir por la brisa del atlántico que ayuda a que el calor disminuya un poco. Se venden helados, raspados y cerveza, mucha cerveza que es un paliativo indispensable ante el intenso bochorno que impregna el ambiente.

 


Hay días en los que La Habana tiene un olor muy particular: a gasolina. Tal vez sea por el humo de una refinería que se encuentra en el extremo de la bahía del puerto, o porque la mayoría de los viejos automotores que circulan por sus calles despiden una buena cantidad de humo por sus tubos de escape. Hay otros días en los que la humedad y sus olores dominan el ambiente, otros en los que esos aromas son el preámbulo de una copiosa lluvia en la que el cielo parece tener prisa por derramar toda su agua acumulada para luego permitir que el sol aparezca de nuevo de manera intempestiva. A eso hay que añadirle que en esta época del año (junio) el calor tropical penetra por cada uno de los poros haciendo que la ropa se pegue al cuerpo como si estuviera llena de cinta adherente. Nadie, ni siquiera los que vivimos en tierras de un eterno verano, puede soportar la sensación de caminar bajo el astro rey cubano en días en los que parece levantarse con la intención de calentar a todo el Caribe.


George Gershwin escribió la Rapsodia en Azul en 1924. Es una de las obras fundamentales de la música clásica norteamericana. Lo es porque toma elementos netamente estadounidenses en su composición pues en la pieza se pueden identificar a los espirituales negros, al jazz y al blues. La versión para orquesta sinfónica y piano fue arreglada por otro hombre importantísimo para la música de la Unión Americana: Ferde Grofé. La pieza es fantástica y uno al escucharla no puede evitar ser transportado a ese Nueva York de ensueño de los años veinte, los años previos a la Gran Depresión, cuando la ciudad hervía en arte, talento y gente como Gershwin quien llevaba el jazz a las salas de concierto más importantes de aquella urbe que despuntaba en su versión más cosmopolita.

Pienso en lo anterior mientras salgo a tomar un poco de aire después de haber escuchado la primera parte del concierto de clausura del V Encuentro de Jóvenes Pianistas que se realiza en el Teatro José Martí de La Habana. Acabo de escuchar una impresionante versión del Concierto No.1 en Re Bémol del Ruso Sergei Prokofiev en las manos de un joven llamado Aldo López-Gavilán quien, acompañado por la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba bajo la batuta de Daina García, ha hecho un alarde de técnica en la interpretación de la compleja composición del ruso. Pero la Rapsodia es una pieza que, pienso, requiere no solamente de un gran dominio de la técnica clásica, sino también de la jazzística y, sobre todo, de que quien la ejecuta sea capaz de transmitir con el piano todas las emociones que Gershwin plasmó en su obra. Al término de la presentación todas mis dudas han sido despejadas. Mientras aplaudo hasta que las manos terminan doliéndome, mi cabeza no deja de pensar en que lo que hubiera sentido George Gershwin al escuchar la interpretación que se ha hecho esa noche de su obra en uno de recintos teatrales más importantes de La Habana. Si tal vez también hubiera sido de la opinión que López-Gavilán no solamente ha reflejado lo que él dibujó en su partitura, sino que le ha añadido una serie de sensaciones propias del Caribe, que ha logrado que esas calles de Nueva York que uno imagina desde que el clarinete da inicio con la obra, se hayan fundido con las de La Habana gracias a la magia que López-Gavilán posee en cada uno de los diez dedos de sus manos, El joven talento cubano ha hecho de la Rapsodia en Azul un emotivo viaje cargado de felicidad y aventura.


Todo en Cuba es una aventura. Todo. Desde el buscar un sitio público para conectarse a internet y enviar un mensaje a casa, hasta experimentar todos los sabores y modalidades que tiene el arroz para cocinarse. Es una aventura caminar por las calles de La Habana Vieja. El perderse entre sus edificios en los que conviven puerta a puerta un restaurante de lujo y la ropa tendida en los balcones de las altas y viejas casonas para que el buen sol se encargue de dejarla seca. Es una aventura el viajar por autobús dos horas hasta Viñales y maravillarse con los mogotes que forman uno de los paisajes más espectaculares del mundo. Es una aventura subirse a al mirador del mural de la prehistoria y abandonar a las rodillas en los 120 metros de escalada. Es una aventura llegar a la cima y descubrir que has sido engañado y que no existe una escalera para descender y que tendrás que hacerlo por el empinado y pedregoso camino por el que subiste. Es una aventura llegar hasta Varadero para zambullirse en el agua más transparente y colorida que uno pueda imaginar. Es una aventura buscar un lugar donde comer en Varadero, terminar montado en un carruaje de caballos que te lleva hasta un restaurante en el que la comida se ha terminado. Es una aventura caminar por 23 y comer en una pizzería de ventana una pizza cuyo sabor y precio jamás habías imaginado antes. Es una aventura entrar a un cine y escuchar a toda la gente hablando sobre la película con el mayor desparpajo posible mientras la función transcurre. Es una aventura mirar “Últimos Días en La Habana” de Fernando Pérez y reafirmar que el cine cubano sigue contando historias importantes, humanas, dolorosas, historias de un país con muchas heridas que siguen abiertas y que busca desesperadamente su cicatrización. Sí, todo en Cuba es una aventura para aquel que esté dispuesto a dejarse llevar por sus vaivenes y por una ciudad como La Habana en la que el tiempo se ha detenido como si esperara a los vientos del cambio que poco a poco comienzan a soplar en la hermosa isla.


He visto muchos atardeceres en la playa pues desde niño he pasado gran parte de mis días de vacaciones junto al mar, pero mis ojos nunca imaginaron que verían uno como el que presencié en una tarde de junio de 2017 en la fortaleza del Faro del Morro. El sol parece vestirse con sus mejores rayos para asistir a su cita diaria con el horizonte cubano. Luce gigantesco e imponente ante un mar cuyo azul va adquiriendo nuevos tintes mientras se devora a su invitado de honor hasta un punto en el que ese azul marítimo se pinta de tonalidades oscuras y  estremecedoras generando contrastes que provocan una vista cargada de arrebatadoras sensaciones. Atrás, la ciudad entera observa ese espectáculo y se funde con él en una imponente mezcla de colorido y emoción. En ese momento la gigantesca e imponente bahía de La Habana se devela con elegancia a si misma para adquirir un papel protagónico en la obra que la naturaleza ha ido pintando con el transcurrir del día, mostrando una faceta que quizá solamente es perceptible en ese sitio, en esa hora de la tarde. Se trata de una faceta llena de colores que contrastan los unos a los otros: grises, naranjas, azules, amarillos, rojos intensos, que dibujan a una ciudad en donde no existen los puntos medios y en la que se percibe una diversidad única que le brinda de una personalidad estremecedora y envolvente, la de una ciudad en la que el tiempo parece haberse detenido, como si Latinoamérica entera decidiera tomarse un respiro en esa ciudad maravilla.


Nuestra vida está llena de personas que pasan por ella. Algunas se las ingenian para hacerse de una pequeña habitación en el edificio de nuestra memoria y quedarse ahí para siempre. ¿Cómo llegan hasta ahí?, son muchas circunstancias pero quizá una de ellas es que tenemos que compartir con ellas un momento determinado generado por esas coincidencias únicas que pasan por simple accidente. En La Habana he conocido a gente maravillosa. Cubanos que orgullosos nos muestran su ciudad, su país, que hablan sobre los grandes problemas que su nación afronta mientras no pueden dejar de reflejar el gran amor que sienten por esta Isla. Latinoamericanos provenientes de Centro y Sudamérica junto a los que he caminado por las calles de La Habana observando con singular asombro la vida que pasa por una ciudad tan diferente a cada una de las nuestras, aprendiendo de ella, de su gente y entendiendo un poco mejor a nuestros países a partir de un infinito intercambio de experiencias, cervezas y muchas risas. Llegamos a La Habana siendo extraños y tengo la impresión que nos vamos de ella hermanados por esos lazos irrompibles que suelen atar y acercar a la amistad verdadera aún cuando la distancia y el tiempo medien irreparablemente entre los amigos. Pero también pienso que esos lazos son más profundos porque fueron forjados lejos de tierra firme, en una Isla que iza sus velas en el Atlántico para navegar por el planeta con la sonrisa reflejada en los horizontes que la rodean.


Habáname es una de las mejores canciones de Carlos Varela. En ella el cantautor cubano habla sobre una ciudad que ha perdido mucho con el paso del tiempo. La canción está llena de añoranza, es el canto de un hombre que contempla a una urbe cuyas ilusiones se derrumban pero que en el medio de ese derrumbe guarda un tesoro que está en la espera de ser descubierto. Varela canta con agonía a la capital cubana, pero que finalmente su canto está impregnado del dolor que muchas veces es inherente al amor más profundo y sincero. Creo que ahora, después de haber estado de La Habana entiendo mejor lo que el músico expresó en esos emotivos tres minutos. Porque uno no puede salir inmune de La Habana, porque a veces la ciudad duele pero también genera una admiración profunda y sincera, y es capaz de despertar una alegría que difícilmente pueda encontrarse en alguna otra parte del mundo.

Algún día he de volver…

Así las cosas durante aquellos días…

Salud Pues……

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About davidmalborn

Escribo sobre lo que vivo y me gusta. Soy un experto en nada y un aprendiz de todo...
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3 Responses to De Breves Crónicas Habaneras…

  1. David que alegría revivir contigo esos meses de un junio habanero, como cubano compartir con personas que descubren una ciudad, un país, es también la oportunidad de redescubrirse y a la vez amarse más

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  2. Julio says:

    ¿eres de los que apoya el legado que Fidel y Chavez dejaron en Venezuela?

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    • davidmalborn says:

      Creo que como toda figura política y pública son personajes de claroscuros. Nunca he estado en Venezuela, porque lo que me es difícil opinar sobre ese país, pero lo que vi y viví en el tiempo que estuve en Cuba me hace pensar que la Isla es un ejemplo para Latinoamérica en muchos aspectos, pero al mismo tiempo pienso que existen cosas que deben cambiar en el país, y también es hora de que el bloqueo norteamericano llegue a su fin.
      Porque, finalmente, soy un convencido del principio de autodeterminación de los pueblos y creo que los únicos que pueden decidir que va a suceder con sus respectivos países son tanto los cubanos como los venezolanos. A quienes vemos esos procesos desde fuera nos toca solamente acompañar el proceso y, tal y como sucedió en 1959 con la Revolución Cubana apoyar lo que los Cubanos determinen para si mismos.
      Saludos y Gracias por leer y comentar…

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